Una mujer intenta durante años ver a su tía, pero no consigue que se ponga al teléfono ni, cuando se acerca a su casa, que le franqueen la puerta. Finalmente, con ayuda de la policía, descubre que su tía tuvo problemas de salud, años atrás, intratables por la medicina oficial. Así que buscó la ayuda de un médico peculiar, un dentista, que le proporcionaba enemas con zumo de limón y otras sustancias que acabaron matándola. Su marido, loco de dolor, momifica el cadáver, que sigue viviendo en casa: en la cabecera de la mesa a la hora de comer, en su butaca viendo los reality a la de la televisión, en la cama conyugal por la noche. Así su marido e hijos no la echan tanto en falta. Hasta el dentista se viene a vivir con una familia tan bien avenida.
Esta es uno de los muchos "casos más inusuales" que cuentan treinta y dos terapeutas estadounidenses en The mummy at the dining room table (obsérvese que en inglés mamá y momia son la misma palabra, por lo que la historia del párrafo anterior quizá tiene más sentido...)
El resto de las historias es igualmente inusual, o sea que los dos autores tenían para elegir de cuál sacar el título del conjunto. No es fácil. Creo que mi preferida sería la de Buzzy Bee, un muchacho que a los nueve años follaba con su hermana, algo mayor. "Hay que entenderlo --explica Pittman, el terapeuta que cuenta la historia--, cuando creces en el campo no hay mucha gente alrededor, y las cosas son distintas". Ya lo creo que son distintas: a los diez años Buzzy Bee ganaba algo de dinero haciendo mamadas a sus compañeros de escuela. Parece que esta era su única habilidad apreciada por los demás, así que, cuando lo echaron de la escuela porque no pudieron evitar que la ejerciera, se ganó la vida ofreciéndola puerta a puerta por el pueblo, de donde lo echaron cuando tenía dieciséis años. Fue a la ciudad, Atlanta, donde preñó a una chica de quince y se fue a vivir con ella a casa de sus padres. Esto ocurrió por navidad, y "como no tenía dinero para comprar regalos, le ofreció a su suegro hacerle una mamada. Así empezó una relación que duró unos pocos años".
Bueno, las cosas son distintas en Alabama, pero no todas. Por ejemplo, las suegras, que acostumbran ser tan picajosas allí como aquí. A la de nuestra historia no le pareció bien que Buzzy se acostara con su hija y con su marido simultáneamente, y lo echó de su casa. El muchacho, incapaz de encontrar un trabajo, sin casa y sin poder ver a su hijo, tuvo una crisis de ansiedad y fue hospitalizado, de resultas de lo cual entró en contacto con Pittman. Lo cual fue seguramente lo mejor que podía pasarle, porque el tal Pittman lo trató seis años, marchó a otra ciudad, regresó a Atlanta donde volvió a encontrarlo y lo trató veinte años más. Lo ayudó a "abandonar su fijación oral", a encontrar trabajo... todo ello a escondidas de su psicoanalista supervisor, que consideraba que se trataba de un caso perdido. Durante años Buzzy le regalaba una caja de discos viejos que recogía por la calle, o algo parecido, avergonzado de no poder pagar la terapia. A los sesenta, muriendo de un ataque al corazón, pidió a su mujer que le contara a Pittman que se acordaba de él, que había sido un buen padre para sus hijos, que "no había vuelto a su antigua costubre".
Este es un resumen muy rápido, pero quizá suficiente para que al lector le entren las mismas ganas que a mí de conocer al comprensivo y generoso Pittman. Los restantes treintaiún profesionales, entre ellos los autores del libro, muestran diferentes estilos de atender a su clientela y, claro, de contar historias. Las cuatro orejas no consiguen armonizar el material, que resulta así irregular. Pero esto probablemente no es un defecto, sino un resultado de estar más comprometidos con la realidad que con la literatura: ¿cómo, si no, explicar convincentemente que todos somos distintos? Las personas... y las historias.


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