viernes, 19 de marzo de 2010
9. El día del padre.
Felicito el santo a Pepe y me devuelve la felicitación: soy padre. ¿Cómo puede uno estar seguro? La Iglesia, con su acreditado sentido del humor (decir que los condones no nos protegen del sida, que lo que nos protege es la abstinencia, es un chiste buenísimo), elige la festividad de San José, el único padre de la historia del que afirma taxativamente que no lo es, para celebrar la paternidad. La idea es buena, uno tiene que criar lo que pare(n) su(s) mujer(es) sin preocuparse demasiado de si tiene vinculación genética con ello. Además, es probable que la tenga. Desde que se inventaron las pruebas de adn se han hecho estudios que muestran que aproximadamente el 90% de las personas son hijas de quien figura como su padre (con notables variaciones de unas regiones a otras). No está nada mal, hubiera conjeturado muchas menos. La naturaleza dispone del deseo sexual para maximizar las posibilidades de reproducirnos. Por eso la hembra humana entra especialmente en calor justo los días en que es más preñable, no necesariamente cuando está su marido cerca. Y también por eso los machos humanos estamos dispuestos a hacer favores en todo tiempo y condición.
De lo general a lo concreto: ¿cómo sé que mi hija es mía? Que sea distraída no es una prueba, como que sea morena: son condiciones abundantes. La prueba definitiva son las gafas: puedo ponerme las suyas, y ella las mías, sin problemas. Teniendo en cuenta que corrigen dos defectos, no uno, y que la diferencia entre ojos es notable, es un indicio estadísticamente irrefutable. Y no debe ser casual que, cuando era pequeña, mostrara un interés obsesivo por la única parte de mi cuerpo que no estaba autorizada a tocar: exactamente, las gafas. La prueba definitiva.
Celebraré el día feliz, con mucho menos gasto de lo que cuesta una prueba de adn. Por ejemplo con una botella de José Cuervo, que también celebra hoy su santo. La compartiré con mi mujer, claro. Se sabe que el tequila hace decir la verdad.
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