Progreso
Que no hubiera que acarrear el agua de la fuente a casa, eso es progreso. Aunque abundara, ese último recorrido la convertía en preciosa, escasa: la usabas para beber nada más; lavar y lavarse, poco. Y llevabas la ropa a lavar donde estuviera el agua, que pesa mucho más que la ropa.
Primero casi no cobraban el agua. Y nos vendieron lavadoras, gran invento que ahorra mucho trabajo. Después, ya acostumbrados a lavar y lavarnos con frecuencia, el agua subió de precio. Pero el progreso no puede detenerse, ni financiarse con ingresos magros. Y entonces inventaron el agua embotellada: con frecuencia las mejores ideas están justo delante de nuestras narices.
Las primeras botellas de agua eran de vidrio, como las de gaseosa. De vidrio grueso, para que no se rompiera al primer envite. Y caras, la primera vez pagabas la botella y luego cambiabas la vacía por la llena pagando solo el agua. Así que había que traerlas de la tienda a casa, y volver a llevarlas. Y pesadas, casi tanto como el contenido.
El progreso continuó: inventaron el plástico. No había que pagarlas la primera vez (ahora las pagabas todas), al llevarlas pesaban menos, y no había que devolverlas: acaban en la basura. De estas subo casi cada día a mi trabajo, en una nave luminosa y solitaria próxima al mar. En mi ciudad la del grifo no puede beberse.
Cerraron el colmado de la esquina. No hay otro en cientos de metros a la redonda, ahora tengo que comprar el agua en un súper bastante lejano. Pero el progreso no va a dejarme de lado. La empresa que me vende papel para la impresora también vende agua, y puedo encargársela sin pagar portes. Así, el agua que mana en un pueblo de Gerona viaja a San Sebastián en camión, donde la guardan en un almacén hasta ponerla en una furgoneta que lo traerá en menos de un día a mi oficina de Barcelona. Al precio del colmado.
Que no haya que acarrear el agua de la fuente a casa, eso es progreso.
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